Hace tiempo fue "Zoovulcanografía". Ahora es la "Zoomorfosis Telúrica", título con el que César Müller define su nuevo ciclo de pinturas.
Este título no está colocado al azar. Al contrario, entrega algunas claves para una aproximación interesada a la obra, en especial respecto a sus significados especiales. El título hay que tomarlo, pues, muy en serio.
De transformaciones zoomorfas y proyecciones volcánicas, por ende, telúricas, trata, pues, la colección entera.
Los volcanes humeantes de su vulcanografía primera parecen determinar un factor de referencias obligado en esta nueva indagación estética. El motivo convertido en ícono significativo parece integrar definitivamente a su dimensión de denso penacho humeante, concreción metafórica de procesos tumultuosos de ebulliciones, expulsiones violentas, igniciones irreductibles, quizás explosiones. Finas texturas de aire, roca, humo y tierra materializan la icónica envoltura.
La aparición de una fauna rupestre dará origen a la zoomorfosis aludida, formas, en suma, que estarán sujetas a toda clase de transformaciones elementales. Sobre muros de siena tostada verticalizan bisontes esquemáticos y monumentales en transparencias densas y facetas de fulgores de cristal.
Pronto los bisontes se fusionarán con los volcanes humeantes, con piedras y leños de su entorno inmediato convertidos en novísimos signos plásticos. Las siluetas se difunden y esfuman, o se destacan en intervalos amplios y poderosos.
"Las formas se abren y cierran como granadas", diría Cezanne.
Los íconos telúricos y zoomorfos se han fusionado en presencias agazapadas, ebullonadas, vesiculares, una real "mancorna de los mil demonios". Nos enfrentamos a una especie de metamorfosis alquímica en el crisol de los cambios, al parecer, irredimibles.
El proceso se materializa en una pintura de fina textura y factura impecable, paso importante en este ciclo de consolidaciones en la búsqueda, siempre lúcida, de su autor hacia concreciones plásticas cada vez más definidas y categóricas sin que pierdan por eso su misterio originario, por ende, telúrico.
Eduardo Meissner Grebe
Universidad de Concepción, Chile